Alergia

(Tribuna Universitaria, 9dic08)
No podía evitar pensar en lo estúpido que sonaba mientras lo tenía delante. Me lo acababan de presentar, entre dientes con un cigarro entre los dientes, entre una calada y otra decía: me ocurre cuando me imagino en el infarto de miocardio en medio de un parque-público-vacío, en el coche averiado en una carretera desierta, y entonces punzadas intermitentes que iluminan mi intestino. Alergia a la soledad: tos, abscesos e incluso asma cada vez que alguien se largaba de una habitación.
Estuvimos bastante tiempo juntos en aquella convención del 81, en salas de reunión impersonales y en ascensores demasiado pequeños, y me dio su tarjeta y yo le di mi número, y a veces, después, llamaba a última hora de la noche; él vivía en Detroit y por aquel entonces, entonces me acababa de mudar yo a Virginia. Pasábamos noches enteras hablando por teléfono. Pasamos la Nochevieja del 86, la de la ola de frío, hablando por teléfono. De su soledad, del miedo; el miedo a la soledad es esa habitación que siempre tiene la puerta abierta cuando llegas y cerrada por fuera cuando te quieres ir. También de fútbol, de mujeres (en el 88 decía haberse cruzado en un hospital con el amor de mi vida) y de cualquier otra cosa: era un conversador nato. Comprendí con el tiempo que contaba las mismas historias a todo el mundo, pero que menos de la mitad eran mentira. Las de su madre prostituta y lo de su padre, cualquier cosa de su padre, creo que todo el que no confía en tener historias propias suficientemente buenas cuenta algo malo de su padre. Lo cierto, a pesar de todo, es que nunca le colgaba, y veía amainar su tos en madrugadas cortas. Él dormía muy poco, tenía miedo de encontrarse solo al despertar, pero no era un mal tipo, no tenía un mal trabajo e hizo carrera, llegó a presidente de los estados unidos; un día del 99 me llamó desde el despacho oval y estaba solo y yo estaba solo en un motel de Alburquerque y habían llegado los teléfonos móviles y me contó que había discutido con su mujer. Tuvo un par de esposas (una por década) que no aguantaron un tiempo su alergia a la soledad y luego le dejaron al borde de su fobia.
Pienso que en el cielo tendrá suficiente compañía mientras me aflojo la corbata negra; a pesar de que en la habitación en la que velo su cadáver no hay nadie más que él y yo, me cuesta respirar y una sensación extraña en los dedos. Llámame, por favor. Llámame.

Comentarios

Moncho ha dicho que…
Tienes caldo de novela inmortal.
Alnitak ha dicho que…
Como siempre me quedo sin palabras.

Da gusto regresar por aquí de vez en cuando a pesar de los obstáculos.

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